miércoles, 25 de mayo de 2011

¿Por qué tenemos inflación?

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Tenemos inflación porque tenemos un tipo de cambio que llaman “flotante administrado”, pero es más administrado que flotante.

Mientras que en los últimos ocho años en Uruguay y Brasil -solo por poner un ejemplo cercano- el dólar siguió un ritmo similar a su depreciación mundial cercana al 50%, en la Argentina sucedió lo contrario: aumentó.

¿Pero por qué aquí es diferente? Porque responde a una visión política que considera que las exportaciones dependen más de un tipo de cambio alto que de un conjunto de medidas ó plan como lo entendió Brasil.

Cuando se quiere mantener un tipo de cambio alto, se necesita que el Banco Central compre los dólares que "sobran" en el mercado hasta lograr el precio políticamente deseado, y para eso, el Estado no sólo recurre a fondos genuinos sino a emisión monetaria. Es decir, dinero que va a parar al mercado y se traduce en un consumo inducido no sólo por mayor prosperidad sino también por decisión política.

La situación actual de estos días, de un tipo de cambio anclado y una creciente inflación que desencadena una mayor demanda de dólares, restricción oficial de compras, creciente mercado paralelo y fuga de capitales, en nada desmerece lo antedicho, ya que es consecuencia de lo hasta aquí descripto y no su causa.

El problema es la inflación, y la causa es la política de tipo de cambio mantenida durante muchos años que responde a una determinada visión de la política y de la economía. Su consecuente emisión monetaria, el aumento del gasto público, y la inseguridad jurídica y política generada por la Administración de Gobierno, que ideológicamente se sitúa como protagonista central del mercado productivo y financiero en vez de su administrador.

Siguiendo con la explicación del fenómeno, la expectativa inflacionaria, a su vez promueve su retroalimentación, algo que junto con la falta de índices públicos confiables, alienta un ajuste permanente hacia el alza, que tarde ó temprano comienza tornarse caótica. Tal como ya se empieza a apreciar en los reclamos sindicales y en el deterioro de las relaciones de ese sector con el Gobierno.

Por otra parte, gran parte de los recursos de las AFJP estatizadas, han sido volcados también a la financiación bancaria. Algo que se traduce en compras en cuotas que finalmente no son tan baratas como muchos usuarios creen –ya que esconden costos administrativos y financieros importantes aunque no sean intereses-, y por otro lado, se constituye en otro factor más de incentivo al consumo. El cual, también obedece más a una decisión política que a una recuperación natural de mercado.

Lo que no se avisora claramente, es la decisión política de generar condiciones para un aumento significativo de la “oferta”, que se traduzca en un proporcional aumento de la producción de los bienes demandados. De esta manera, el aumento del consumo no produce el aumento de producción equivalente para satisfacerlo, sino de precios.

La actitud de desafío permanente al capital, a los medios de producción -llámesele campo, petroleros, comercio, importadores, exportadores- a través de medidas administrativas intervencionistas, discrecionales, la mayoría de las veces poco razonables, hace que predomine siempre una tendencia al aumento del precio de los bienes antes que a la inversión en mayor producción, es decir, de la oferta.

Esta actitud política cuenta con el aval de muchos argentinos, que por nuestra idiosincrasia, toleramos históricamente altos niveles de inflación. Es decir, de fraude, ya que la inflación no es otra cosa que una permanente defraudación que transforma a nuestros ingresos, por no decir nuestra moneda, en portadora de un valor nominal que no es real.

Esta idiosincrasia se ve alimentada también por la expectativa de aquellos sectores, que también por decisión política, pueden corregir salarios igual ó por encima de la inflación. Actitud muy egoísta que además, conspira y destruye las bases solidarias de una sociedad en la que no todos están bajo negociación permanente de paritarias salariales, e incluso, no todos trabajan en blanco ni en relación de dependencia.

Esta política corporativa, intervencionista e inflacionaria, ha cobrado especial relevancia –en cuanto a su arbitrariedad- en las recientes intervenciones en el comercio internacional, ya que hasta hace poco, y aún hoy, se restringen exportaciones con fundamentos contrarios a los utilizados para restringir importaciones. Incluyendo aquellas provenientes de países que son “socios estratégicos” en la región.

Negarse a reconocer el proceso inflacionario en que estamos, ó acostumbrarse a vivir en el, es tolerar vivir en el fraude. Y pensar que es perpetuable en el tiempo, es no entender que no sólo pone en riesgo la sustentabilidad del sistema, sino que además, termina por destruir las bases mismas del contrato social. Algo que algunos países de la Eurozona, como Grecia, Portugal, Italia y España, ya comienzan a experimentar luego de los juegos ilusorios que por años mantuvo y alimentó el propio Estado.







La imágen es de Google.

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