miércoles, 17 de agosto de 2011

¿Partido único, dominante ó falta de confianza?

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La situación actual de la Argentina -luego de la aplastante victoria del oficialismo y la disgregación de la oposición- hace pensar en un futuro de “partido único”, ó al menos, de “partido dominante”.

La experiencia más cercana, es el Partido Revolucionario Institucional de México (PRI), el cual se mantuvo en el Poder por más de 100 años.

Si bien es cierto que llegar a las elecciones presidenciales con el oficialismo como claro ganador de un tercer mandato consecutivo, sumado a un partido que desde 1946 hasta la fecha gobernó casi el 90% del tiempo, y que parte de la oposición también le pertenece, hace pensar que estamos ante una "democracia" de partido único, no creo así sea.

Creo sí que estamos ante un sistema de “partido dominante”. En una democracia con altos grados de concentración de poder y un cierto desprecio ó desconocimiento de los equilibrios republicanos basados en la división "real" de Poderes, la independencia efectiva y activa del Poder Judicial, la publicidad de los actos de gobierno y el control por parte de los otros Poderes donde deben estar representadas las minorías, y sobre todo, el desinterés ciudadano en debatir y participar en ese control de los actos de gobierno.

Pero pensar en un régimen "partido único", además de dramático, me parece incorrecto, ya que las causas de esta concentración del Poder no tienen una explicación meramente política.

Creo que más que estar ante un partido único, estamos ante una sociedad que no comprende ni comprendió nunca el funcionamiento republicano.

Una sociedad que ingresó en plena democracia con un partido nacional y popular inspirado en el Nacional Socialismo italiano de Mussolini y de Hitlter en Alemania.

No en vano, la Argentina fue un tradicional “aguantadero” de nazis y facistas fugados de Europa, los cuales luego, formarían parte también de nuestro ser nacional tal como tantas veces lo demostró nuestro desarrollo institucional y expresaron intelectuales extranjeros que nos visitaron tales como Oriana Falacci, creadora de la ya tradicional frase “dentro de cada argentino vive un enano fascista”.

A los argentinos nos gustan las figuras estelares. Es parte del folclore, del fútbol, de la farándula. Y esto llevado a la política se traduce en personalismo. En rosismo, en peronismo, kirchnerismo, menemismo, duhaldismo, cristinismo.

Asi como no sabemos jugar bien en equipo en la selección, tampoco lo hacemos bien como país.

Confíamos más en que una persona magistral e iluminada se haga cargo de nuestro destino, que en la construcción democrática horizontal basada en el disenso y la participación permanente. En el poder limitado, en la libertad económíca y personal.

Somos un país creado, criado e inspirado por próceres antes que por un sentido comunitario.

Más aún, predomina un espíritu individualista que va más allá de la obvia y sana referencia al destino personal. Lo trasciende al contraponerse con el futuro y la conformación de una nación.

En tal sentido, creo que el peronismo, como todo partido dominante, no hace más que interpretar y representar de la mejor manera, esta permanente dificultad de construcción de una sociedad horizontal, basada más en los sistemas que en las personas, en las instituciones que en los personajes.

Nuestro partido dominante desata un folclórico espíritu nacional, popular, pasional, arbitrario, simplón. Muchas veces disfrazado de la más sofisticada justificación intelectual de aquellos que ya hartos de la política, creen interpretarla desde una formación intelectual culposa y finalmente, poco informada.

A ello se le suma el lícito pero volátil “voto bolsíllo”: “Hoy me va bien, a mi me va bien, para qué voy a cambiar? Que otra cosa mejor me puede brindar una sociedad que no sabe construir ciudadanía? Qué cosa me puede brindar “el otro” al cual declamo que amo pero al mismo tiempo, desconfío?

Entonces, mientras la mayoría esté bien, vota a quien entiende, le generó ese estado de bienestar. Pero en cuanto esa situación cambia, y de hecho a veces lo hace en forma tan abrupta y repentina como el clima, nos encontramos sin sistema, sin políticas de Estado que trasciendan la coyuntura, enfrentados como nómades entre sí y con él único rumbo de obtener la ciudadanía que nunca tuvimos en aquellos otros países que sí la construyeron.

Países que más allá de las crisis ocasionales, han demostrado su capacidad de construir sistemas antes que personalismos partidarios.

Mientras tanto aquí “vivimos al día”, improvisadamente.

Necesitamos un “Cromagnon” para controlar los boliches, el homicidio de un famoso para pensar en la inseguridad, la desaparición de miles de personas para pensar en los derechos humanos, la incautación de ahorros, ó la hiperinflación para cambiar un gobierno que desprecia la estabilidad económica.

Somos incapaces de preveer un futuro, tal vez por eso, nos gustan más los gobiernos que fomentan el consumo en vez de aquellos que preservan el equilibrio entre consumo y ahorro.

Nos gusta más pensar conservadoramente en preservar lo que tenemos antes que reconocer y debatir qué hacemos con la inflación, los subsidios, las exportaciones, las importaciones. De qué manera estamos aprovechando la coyuntura internacional, qué implican los casos de corrupción recientemente denunciados de desvío de fondos importantísimos en corporaciones que sostienen el Poder político, el funcionamiento de algunas obras sociales que lucraron con enfermedades terminales de sus pacientes (“mafia de los medicamentos”), la inseguridad, el narcotráfico, etc. etc.

Pareciera que todos esos temas no nos interesan lo suficiente. O que estuviéramos dispuestos a pagar esos costos en pos de un beneficio personal.

Somos más “bomberos” de fuegos creados, ó al menos previsibles, que previsores y armadores de una sociedad con reglas estables que la trascienda.

Existen muchos ejemplos para explicar en la práctica lo que digo.

Algunos se preguntan como en tan pocos días, la Ciudad de Bs. As. votó a un Jefe de Gobierno opositor, en un acto que se interpretó como una “voto castigo” al oficialismo, y pocos días después, votó masivamente a ese oficialismo supuestamente castigado.

La realidad es muy simple. Si “tengo” un bar en una esquina de Palermo y el gobierno de la Ciudad me amplió la vereda, me permite poner más mesas y me ilumina la calle, lo voto. Pero cuando pienso que la cantidad de gente que ocupa esas mismas mesas obedece más a un programa nacional destinado a fomentar el consumo, por no decir “consumismo”, voto al oficialismo.

Si en algún momento alguna de esas variables cambian, mi voto cambia con ellas. Pero lo que quiero dejar en evidencia, es que cuando voté al gobierno de la Ciudad porque me ampliaron la vereda, y me dejaron colocar más mesas en la calle, en nada me preocupó si el mismo había logrado resultados en educación, salud, vivienda, seguridad, tránsito, transporte. Sólo me interesó que me dió más lugares para ofrecer a mis clientes.

Cuando por otro lado, voté al oficialismo a nivel nacional porque el consumo me llena el bar, poco pensé si ese consumo es sustentable, si sirve para llenar el carrito del super, cambiar el auto ó permitir que los jóvenes tengan su vivienda propia. Si no está basado en inflación, si mi rentabilidad apoyada en subsidios distraen impuestos pagados por otros que menos tienen y que justamente, más lo necesitan para escuelas, salud, infraestructura, etc.

Por otro lado, no me parece que la culpa de esta concentración de poder se deba a la atomización de la oposición por un excesivo protagonismo ó personalismo de sus representantes como algunos afirman.

Creo sí que hicieron campañas con un nivel de “pobreza” y contradicciones extremas en cuanto a estrategia política y comunicacional.

Pero de allí a que se hayan dispersado por personalismos, no lo veo razonable. Más aún, creo que todos sabemos los límites que claramente y desde hace mucho tiempo, predominaban entre esos partidos.

No se que tan reales son, pero nadie podía pensar seriamente que partidos como el Frente Amplio Progresista, la Coalición Cívica, el Proyecto Sur se juntaran con candidatos de “cargada” trayectoria como Duhalde ó De Narváez.

Incluso, si bien el propio radicalismo dió la sorpresa de unirse a De Narvaez en la provincia de Bs. As., no es menos cierto que dicho candidato le aportó tantos votos como le quito la posible asociación con otros partidos de la oposición que vieron en él, un límite a su integración programática. Algo similar a lo que hubiera sucedido con Macri si insistía en su candidatura presidencial.

En definitiva. Creo que en el país todavía predomina la debilidad ciudadana frente a la estructura del Estado. El personalismo como forma de gobierno. Un auténtico desinterés por la construcción social frente a los intereses individuales y corporativos.


Una gran dificultad para crear y creer más en sistemas que en personas ó partidos. Una propensión a las decisiones coyunturales más que estructurales, y finalmente, una gran desconfianza en nuestra sociedad y en el “otro”.

En definitiva, Argentina sigue siendo un país muy difícil de entender para el mundo y también, para nosotros mismos.

Nacimos del saqueo, de la inmigración y emigración. De la trasgresión, de la importación de ideologías y formas de pensamiento que favorecieron la concentración del poder y la riqueza, y un gran desprecio por la formación de un Estado republicano, basado en la construcción social justa y previsible, con un consenso mínimo y un sistema de generación y distribución de la riqueza basado más en el mérito que en el oportunismo político, social ó de coyuntura internacional.

Los argentinos no confiamos en los argentinos, y mientras no restablezcamos la confianza a través de reglas claras e instituciones fuertes que estén por encima de todo y respeten nuestros derechos, iniciativa individual y nuestra libertad en todas sus expresiones, dependeremos siempre de la voluntad de un soberano ó partido que nos domine. Entregando nuestro rol a los representantes, revirtiendo el espíritu del “estado de derecho”.

Viviendo el momento, perdiendo siempre toda oportunidad de construir una sociedad y un país como el que decimos querer luego de que, cada 15 años en promedio, hacemos una crisis económica, ó cada 30, decidimos “matarnos” entre nosotros.

No asumimos como ciudadanos el rol de soberanos, no confiamos en la capacidad de formar una sociedad con poderes divididos, no confiamos en nosotros, y depositamos toda esa frustración en un personalismo “ilustrado” ó populista.

En un partido dominante que de derecha a izquierda, como dice Charly García, es el que siempre “apaga y enciende la luz”.



4 comentarios:

clau dijo...

Dos cosas le diré. una. me encantó su comentario somos personas en blanco y negro tratando de vivir en colores! me dejaste gatillando varias horas jajajaja. Dos. Eso del partido único como en el país del guacamole, la verdad es bastante frustrante. Yo no sé ni me he atrevido aún a preguntarles a todos qué experimentaron durante el día de las elecciones primarias. Creo que en lugar de participación y compromiso en una democracia que prometía una vida más justa y próspera hace años, nuestra debilidad pais, más que riesgo, se abandona a la voluntad perveresa este sistema recreado, perfidiado más que perfilado, por un grupo de perpetuadores del poder muy hábiles en el marketing social...

Ricardo Fasseri dijo...

jaja, coincido y me gustó tu comentario Claudia!

Nahuel dijo...

Excelente!

Azul dijo...

Muy bueno Richard! me encantó el ejemplo que diste de la Ciudad. Beso