viernes, 22 de febrero de 2013

De la "sojización" a la bendición...

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 










Cuando el "campo" avisoró que la mega-devaluación promovida junto al kirchnerismo sumaría un aliado estratégico -China- no dudaron en sembrar con soja hasta las banquinas de las rutas que rodeaban sus campos.

Asimismo, acudieron a toda la tecnología posible para maximizar sus rindes, empezando por maquinaria agrícola de última generación, riego, acopio, biotecnología y hasta el cuestionado uso de semillas transgénicas.

Al poco tiempo, el gobierno kirchnerista vió que uno de sus mayores aliados del proceso post-revolucionario del 2001 "levantaba con pala" no solo los altos rindes de soja obtenidos, sino también el producido de su comercialización.

He visto con mis propios ojos como la gente del campo venía a Buenos Aires luego de la cosecha con chequera en mano a señar departamentos en las mejores zonas de la capital del país.

Un gobierno populista que tiende a explicar la pobreza en la riqueza más que en su ausencia, no dudó en empezar a ver con malos ojos el renacer de esta "oligarquía terrateniente".

El modelo que apuntada a generar igualdad estaba generando riqueza y con ella, más ricos.

No tardaron entonces en rearmar su "relato" voluntarista de la realidad con cuestionamientos severos hacia el nuevo fenómeno de cultivo intensivo de soja.

La llamaron "yuyo", desmereciendo la enorme inversión en maquinaria, investigación, tecnología, acopio y riesgo asumido para intentar cada año obtener el mejor producto, precio y rindes necesarios para vender todo lo que el mundo estaba demandado y demandaría aún más en el futuro.

Desmerecieron la inversión que dicho sector realizaba en forma indirecta con el producido en la llamada "madre de las industrias" -la construcción- la cual movilizó a bastos sectores productivos, especialmente en las ciudades del interior del país que tanto lo necesitaban.

Y lo que fue peor aún, llegaron a tildar de peligrosa, devastadora y anti-argentina la actividad, ya que sostenían que el cultivo intensivo de la soja echaría a perder el campo, produciría aumento de precios de otros cultivos alimentarios y hasta de la propia carne cuyas vacas debían ceder sus terrenos de pastura para el tan "peligroso" cultivo.

Era común escuchar entonces a los acérrimos seguidores del "modelo" las más absurdas elucubraciones tendientes a frenar tal "lamentable" cultivo, y peor aún, una nueva clase pudiente que exhibía sus pick-ups y 4x4 relucientes en pleno centro porteño mientras adquirían inmuebles.

Pero la reacción a este fenómeno supuestamente tan dañino para el campo y el país, no se enfocó en la regulación y/o limitación del llamado proceso de "sojización", sino a asociar al Estado a sus beneficios, agregando a los impuestos que ya pagaba el campo en sus transacciones comerciales las polémicas "retenciones".

Retenciones que convirtieron al Estado en socio del productor, disociándolo del acuerdo político y modelo de país que hasta entonces unía al campo y al Gobierno bajo un mismo interés.

Luego de los cuestionados paros del campo, los acalorados debates parlamentarios del "impuesto", la conversión del vicepresidente Cobos en opositor, las "aguas se fueron calmando" y hasta en las elecciones presidenciales del 2011 parecía que ya habían olvidado el problema.

El campo se había acostumbrado a su nuevo socio estatal y el Gobierno veía en la otrora cuestionada "sojización" más que un problema una bendición para el país y especialmente, para las arcas del propio gobierno.

Pareciera que desde aquella mirada crítica, casi delictiva del productor sojero a la actualidad hubieran pasado décadas, sin embargo, sólo transcurrieron un par de años.

La cuestión ahora ya no es si la soja hace mal a la tierra, si destruye al campo argentino. Tampoco importan los precios de los alimentos que de todas formas igual subieron por la inflación.

Tampoco preocupa ya los ricos que cada vez son menos en un proceso de destrucción de riqueza. Ni la desigualdad en la distribución, porque cada vez queda menos para distribuir.

Ahora lo que importa es que los cuestionados productores del campo no incurran en una nueva actividad dañina que ya no consiste en plantar hasta las banquinas con soja, ni agotar las tierras del país.

Ahora el problema es que no vendan "su" producción al exterior y liquiden divisas para que su socio estatal pueda cobrar su porcentaje.

Porque el Estado ahora es socio. Un socio dependiente de su producción.

Un socio pródigo al que ya nada le alcanza. Al que cualquier demora ó retención en la venta de soja por parte de los productores puede poner en riesgo el relato oficial, el propio "modelo".

Un "modelo" que pasó de ver al cultivo de soja como un "delito" a una bendición.

Un "modelo" tan arbitrario, contradictorio e incoherente que dificilmente puede ya ser llamado como tal.





Foto web.




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